Por: E. Sandoval.
En el escenario internacional de hoy, la "guerra cognitiva" ya no es simple propaganda; es una estrategia diseñada para desmovilizar a la sociedad. Su objetivo no es destruir físicamente al adversario, sino adormecer el pensamiento de las mayorías, anulando su capacidad crítica y de lucha. Cuando la presión política externa aumenta, los discursos oficiales suelen reconfigurarse para justificar pactos con el enemigo bajo la excusa del pragmatismo político. Analizar estas narrativas no busca generar divisiones inútiles, sino encender alarmas para que la militancia entienda los riesgos reales que enfrenta nuestro proyecto socialista.
El chantaje de la obediencia
Hoy se utiliza el concepto de "guerra cognitiva" como una herramienta
para callar los reclamos del pueblo trabajador. A quienes cuestionamos el rumbo
económico y político desde las filas de la revolución, se nos acusa de hacerle
el juego al imperialismo. Sin embargo, exigir lealtad, confianza y disciplina
mientras se negocia con los enemigos históricos del pueblo sin organizar la
contraofensiva, es una contradicción total con la conducta revolucionaria.
Para los sectores reformistas, cualquier crítica es sinónimo
de traición. Colocan automáticamente al crítico interno en el mismo saco de la
extrema derecha o de los intereses de Estados Unidos. Al borrar las
diferencias, imponen un chantaje directo: o te alineas por completo a las
decisiones del gobierno, o estás ayudando al imperialismo a sembrar intrigas en
el proceso.
Las concesiones y la realidad económica
Algunos voceros oficiales justifican las concesiones no como una rendición,
sino como diplomacia de alto nivel para evitar una guerra o el colapso del
Estado. Utilizan declaraciones externas —como las de Donald Trump asegurando
que evitaría "un nuevo Irak"— para mostrar al gobierno como un actor
sensato que pacifica la región.
Bajo este enfoque, la aceptación de licencias de la OFAC, el
regreso al Fondo Monetario Internacional (FMI) y los acuerdos con
transnacionales petroleras norteamericanas se presentan como "maniobras
tácticas inevitables". Argumentan que, ante la crisis y las más de mil
sanciones vigentes, no negociar con la administración estadounidense sería un
suicidio económico. Sin embargo, la teoría marxista-leninista y la historia
demuestran que el FMI y las transnacionales nunca traen paz, sino una mayor
explotación para los trabajadores.
Esta narrativa de "paciencia estratégica" o
"repliegue táctico" debe mirarse con cautela. Si este retroceso no va
acompañado de acciones reales para reagrupar a las fuerzas revolucionarias,
podría tratarse de una operación de distracción.
Lecciones de la historia
Nadie niega que un Estado bajo asedio deba maniobrar internacionalmente; el
propio Lenin lo demostró al aplicar la Nueva Política Económica (NEP) o al
firmar el Tratado de Brest-Litovsk. Sin embargo, quienes comparan mecánicamente
la situación actual con la NEP olvidan un detalle fundamental: Lenin jamás
disfrazó esos retrocesos como "victorias" ni intentó anestesiar la
conciencia de los trabajadores. Al contrario, el liderazgo bolchevique explicó
al pueblo, con cruda honestidad, que se trataba de un retroceso temporal
impuesto por la realidad, manteniendo intacta la formación política y la
movilización de las masas.
La verdadera unidad antiimperialista no se construye desde
la obediencia ciega o el silencio cómplice, sino desde una clase obrera
consciente, crítica y con capacidad de autoorganización. Ante este panorama, si
la estrategia oficial se convierte en retórica vacía, la propia crisis puede
transformarse en el motor que impulse al pueblo organizado a profundizar su
conciencia combativa, acelerando su organización autónoma y consolidando una
independencia política capaz de salvar el proyecto revolucionario de cualquier
desvío táctico.

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