A continuación, se presentan las claves para abordar este desafío, basadas en análisis históricos y debates actuales.
1. Comprender la naturaleza del enemigo no es un error, es un proyecto.
El primer paso para combatir eficazmente el fascismo es entenderlo en su especificidad. No es una simple exageración de la derecha tradicional ni expresión de violencia de los capitalistas.
El fascismo como poder del capital financiero: Según la clásica definición del líder búlgaro Georgi Dimitrov, retomada en análisis actuales, "el fascismo es el poder del propio capital financiero" Es la organización de la venganza terrorista contra la clase obrera y la sección revolucionaria del campesinado y la intelectualidad". Esto implica que no es un fenómeno ajeno al sistema, sino una de sus expresiones más brutales. En momentos de crisis, el fascismo actuó como un "instrumento de represión de clases organizado por los grandes terratenientes", utilizando la violencia sistemática (pistola, porra y antorcha) para destruir las organizaciones de trabajadores y campesinos. Esta violencia no es un exceso, sino su método fundamental para reordenar la sociedad.
2. Lecciones de la historia: La ilusión del diálogo y el camino al poder
La experiencia de la lucha contra el fascismo en el siglo XX dejó enseñanzas fundamentales, a menudo olvidadas.
Todos los gobiernos fascistas históricos llegaron al poder por vías legales o semilegales, aprovechando las libertades que luego destruirían.
Las cinco etapas del ascenso fascista describen un patrón: 1) Surgen de la desilusión y de la banca de la socialdemocracia que no da respuesta a las amplias masas; 2) Se establecen como partidos políticos; 3) Llegan al poder mediante alianzas con la derecha tradicional; 4) Usan ese poder para dominar las instituciones; 5) Implementan reformas radicales y violencia de Estado. La política revolucionaria debe ser capaz de identificar este peligroso proceso antes de que sea demasiado tarde.
3. Crear espacios de resistencia para la futura ofensiva cuidando estos núcleos.
Esto implica construir un poder popular capaz de disputar la iniciativa al enemigo. Fortalecer las experiencias de embriones de poder popular. Estos son los ejes fundamentales para esa ofensiva:
Contraataque con la propaganda revolucionaria y la lucha ideológica en los espacios de la militancia revolucionaria: La lucha no es solo para los activistas revolucionarios; hay que dar debates con las bases más cercanas, ser referencia moral y revolucionaria ante la descomposición de los "cuadros" de la socialdemocracia, discutir nuestros documentos con las masas más cercanas. Tenemos un cuerpo político, ideológico y programático propio. Hacer jornadas de pintas y panfletos de las mismas.
Organización territorial y poder popular
La ofensiva fascista se combate con organización popular. Esto implica fortalecer el tejido social en los barrios, los lugares de trabajo y estudio.
Unidad para la construcción del frente popular y creación de organizaciones de masas de acuerdo a la realidad territorial de cada militante, generar actividades de movilización.
La creación de organizaciones de masas (sindicatos, organizaciones comunales, organizaciones culturales) que sean un dique de contención y una plataforma para la movilización es indispensable. Estas organizaciones deben ser escuelas de formación política e ideológica.
Construir alianzas amplias, sin perder el horizonte. El fascismo aísla; el antifascismo debe unir. Pero esta unidad no puede ser oportunista. Debe ser programática, de principio y sin sectarismo, y sin pragmatismo.
Unidad con ética revolucionaria: La alianza debe construirse sobre principios claros y un programa orientado a los intereses de los de abajo.
Superar el inmediatismo y el pragmatismo. La política revolucionaria se piensa en distintos tiempos. "La victoria de ninguna salida revolucionaria se define con mentalidad inmediatista". Hay que combinar la lucha inmediata contra las agresiones fascistas con la construcción de poder popular a mediano y largo plazo, con la mirada puesta en la superación del capitalismo, que es el caldo de cultivo final del fascismo.
En conclusión, hacer política revolucionaria bajo una ofensiva fascista exige dejar atrás la mera reacción defensiva. Implica construir un poder popular ofensivo que dispute la calle, las ideas y los territorios, que sea capaz de articular a las mayorías y que se prepare para derrotar políticamente al fascismo antes de que sea demasiado tarde.
La historia ha demostrado que con una organización de cuadros revolucionarios es posible derrotar el fascismo.

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